Como buen cronista y observador de acontecimientos claves, Carlos Monsiváis escribió en 1986, durante el Mundial de Futbol, realizado en México, una serie de crónicas que reunió en el libro Entrada Libre, Crónicas de la Sociedad que se Organiza. En ese texto, Monsiváis lanzó uno de sus aforismos más claros: “de la publicidad y del futbol nació la catarsis” y frente al triunfo 2-0 de México contra Bulgaria y los festejos socializados apuntó: “el nacionalismo es el resultado orgánico del aislamiento cultural y el autoritarismo omnipresente en México, y es el instrumento básico en la tarea de extraer conclusiones positivas del caos que se vive”.
Nunca fue un aficionado ni un experto del balompié, pero su capacidad de observación y su genialidad para retratar y desentrañar los momentos climáticos de la sociedad de masas, se observan en este fragmento de la crónica que a continuación compartimos.
Hacia una fenomenología del gol (subtítulo apócrifo).
Fundidos en una sola voluntad, los fanáticos (que, por serlo, resultan patriotas) apoyan al equipo con trofeos de la garganta, ademanes nerviosos, monólogos de intensidad variable, chifilidos, olas, porras, órdenes fulminantes (“¡Mete gol, pendejo!”). Cada espectador –que, por serlo, es un experto- prodiga y niega reconocimiento, se queja del nivel del juego y lo juzga maravilloso, levanta en señal de triunfo el pulgar y le mienta la madre al infinito. En los segundos muertos adoctrina partidistamente a su vecino, a su compadre, a su mujer, a sus hijos, a la multitud: “¡Te lo dije! ¡Vamos ganando! ¡Ya la hicimos!”. Todo en plural, la Selección Nacional es México y nosotros somos la Selección y México –por intermedio de un equipo- vuelve a ser nuestro.
-DURO/DURO/DURO/DURO.
En un campeonato la reacción del público ante un gol es lo que gusten, manden y demanden la legión de psicoanalistas y sociólogos, posados sobre cada partido: rendición inesperada del himen colectivo, asalto al vientre materno, trauma solucionado de un solo tiro, hazaña que comentar sin término a lo largo de esa vida longeva que es la próxima semana. En el Azteca, un gol de la Selección es la oportunidad de enfrentar a las banderas con el viento, de ondear los ánimos como si fueran las banderas, de agitar las comparaciones haciendo de la ocasión pasto de la poesía instantánea.
El enemigo se acerca a nuestra meta y está en peligro la Patria, no diré que literalmente, no diré que alegóricamente. Los nuestros se aproximan a la meta enemiga y la Patria avanza, sin constituciones pero con locutores, sin tradiciones muy antiguas, pero seguida de un consenso abrumador. GOOOOOOL!!!, y los espectadores, emitan o no el vocablo guillotinador, lo encumbran anímicamente exprimiéndole a cada letra sus emanaciones triunfalistas. Desde hace años todo locutor, si quiere gozar de crédito, dirá GOOOOOOL!!! Y prolongará la exclamación con tal de darle tiempo a quien lo ve y oye al alzar en vilo sus emociones, un solo vocablo equivale al galope de un toro por una cristalería, al festín de los bárbaros que arrasan Disney World. Quizás sin proponérselo, cada locutor es el pedagogo vocal de millones, y ahora los asistentes al estadio reproducen las entonaciones hertzianas y hacen de la vociferación una óptica espiritual. GOOOOL!!!, Oh triunfo, te amaré toda la eternidad y aún después.
22 junio 2010 a las 4:39 pm |
Esta certera descripción no podría salir de otra pluma que de la del maestro Monsiváis…
…y si hubiera desarrollado el gusto por el futbol ¿qué habrìa escrito?